Libro destellos de infinito página 63

Renovarme y volar, aligerar mi alma para unirme al Ser Supremo. Pensé que ya casi había arribado. Sólo faltaba un último paso: desarraigar en mi interior a esos fantasmas que habitaban en el inconsciente desde los primeros días de mi existencia y muchos otros que se hospedaron con el paso del tiempo: mis miedos. Decidí no volver a pintar. No tan sólo por pensar en la banalidad del arte sino que creí firmemente que había concluido mi trabajo como artesano del color y, en mi esperanza por la realización interior, la pintura carecía de sentido. Adopté la determinación de internarme en la selva y ayunar por cuarenta días, emulando a Moisés, Buda, Jesús y muchos otros que, tras sus pasos, han intentado el perfeccionamiento y la iluminación para sus espíritus, o, simplemente, han buscado limpieza corporal. Me había ejercitado para esto. Durante varios meses ayuné bebiendo solamente agua por veinticuatro horas un día de la semana; practicaba el Hata Yoga y también seguía una estricta dieta vegetariana. Cuando juzgué estar preparado, viajé a la ciudad de Palenque, en el estado de Chiapas, México. Me interné en la selva y transité por los cauces del río Chacamax. Buscaba un lugar propicio donde brotara agua pura. Lo encontré río arriba a una distancia aproximada de tres kilómetros de la carretera y decidí que éste podría ser un buen lugar para acampar durante cuarenta días. Mi casa de campaña se encontraba oculta 18 metros detrás del árbol del centro.

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